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Identidades: Las cicatrices de la experiencia migratoria

Ningún emigrante regresa jamás al punto de origen porque, al emigrar, se abre una herida en las raíces por la que se cuela un trozo de tierra nueva. La cicatriz siempre permanece, incluso si se retorna, los dolores mestizos afloran a la superficie una y otra vez. Cualquier migrante de cualquier parte del mundo reconoce esa herida como seña de identidad.

Los hijos de emigrantes reciben, recibimos, esa herencia. Pero nuestra raíz está ya mucho más asentada en la tierra nueva y la vieja herida que la atraviesa ya no nos pertenece del mismo modo. Nuestras señas son otras y están esparcidas en el recorrido sutil que estamos obligados a hacer entre la patria de nuestros padres y el lugar donde nacemos, crecemos, amamos... entre el mundo palpitante que nos envuelve y el mundo añorado que los envuelve a ellos, pero recreado con nuestra propia mirada. Un recorrido circular hecho de muchos viajes de ida y vuelta en los cuales se va cocinando lentamente la síntesis entre su mundo y el nuestro.

       
Más allá de ese rasgo, lo cierto es que las segundas generaciones de inmigrantes españoles nacidas en América mantienen, en general, una profunda huella española. Hablan la lengua materna, catalán, gallego, o la entienden como mínimo. Muchos tuvieron experiencias culturales muy cercanas a España: fueron educados en colegios españoles, vivieron en el mundo de las fiestas de la patria que sus padres recrearon en América -fueron pastorcitos en Belén, o Jesusito, o la Virgen María o San José en las Navidades cálidas y esperaron a los Reyes Magos, además de a Santa Claus o el Niño Dios. Y aprendieron a bailar las músicas de España, aunque tuvieran un ritmo caribeño, andino o porteño en sus corazones.

En dirección contraria, un relato de María Angeles Sallé incluido en el libro `Travesías´, es un testimonio que ilustra las perplejidades y vicisitudes experimentadas por los hijos de emigrantes en su intento constante de pertenecer y, más aún, de pertenecerse. Si bien está escrito en primera persona del singular, en realidad recoge un sentimiento que resulta ser bastante plural. El de la identidad doble, dividida, multiplicada...


`Nosotros, los hijos, aprendemos, ya de pequeños, a pertenecer de alguna manera a ese paraíso cuyos símbolos, imágenes, rituales, sonidos, sabores y olores nos resultan ajenos y que, no estando asociados a nuestro pasado, forjarán inexorablemente nuestro futuro. Un objeto de amor, de gran amor, heredado, desconocido. Un reino al que estás obligado a rendir tributo. Se lo debes a tus padres. Al tremendo sacrificio y esfuerzo que ellos hicieron para darte un porvenir mejor. Tú y sólo tú, sangre de sangre emigrante, aportas sentido y justificación a tanta lucha. Tú, presencia nacida sobre la ausencia. Pero ¿qué hacemos con aquel sabor y olor sí que hemos probado y nos impregna con su aroma a café?´

 

Segunda generación, doble identidad recoge, por su parte algunos testimonios de descendientes españoles en Venezuela que ha recopilado Aurora Capechi miembro del equipo del Banco de la Memoria, realizado en el marco del proyecto Equal M20.

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