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Cuba

Cuba se convirtió en un destino preferente para el emigrante español a partir del siglo XIX. De hecho, la isla caribeña fue la más importante receptora de la inmigración hispana que se dirigió a América hasta la primera mitad del siglo XX.

En este acontecimiento influyeron fundamentalmente los intereses de la metrópoli en la colonia. En el siglo XIX la administración española ejerció una influencia constante en la introducción de este tipo de inmigrantes, debido a la construcción de la red de ferrocarriles comenzada en 1835, al desarrollo de la economía azucarera y tabacalera y con el propósito de mantener un "equilibrio" entre la población negra y blanca de la Isla, para mantener su dominio y evitar que la elite criolla decidiera separarse de España.

Por otro lado, el proceso independentista americano provocó un constante envío de prisioneros, religiosos, funcionarios y militares españoles que contribuyó a aumentar la presencia peninsular en la colonia. El enorme número de soldados y oficiales que España embarcó para la Isla a lo largo de este siglo, la convirtió en un caso migratorio único en el continente americano. Cuba fue un territorio muy militarizado en todo este período, en tiempos de paz se calculaba que había un soldado español por cada 60 ó 70 civiles, en tiempos de guerra uno por cada 15 civiles, en 1876 y en 1897 uno por cada nueve civiles. Estos cómputos no incluyen a la guardia civil, el batallón de orden público, la policía, tropas irregulares como el Instituto de Voluntarios, las milicias blancas y de color, e incluso a los bomberos armados.

 

  A fines de la década del 50 del siglo XIX, la inmigración peninsular en Cuba ya dominaba el comercio en todas las regiones de la Isla, controlaba el crédito y constituía la mayoría de los funcionarios y de los oficiales del ejército regular. A partir de esta década, y como resultado principalmente del aumento demográfico en España y su incapacidad para absorberlo, la inmigración española a Cuba experimentó un significativo aumento que se mantuvo con altibajos hasta 1930. Los canarios y en menor medida los catalanes se mantuvieron como parte importante del total de inmigrantes, pero su proporción decreció, en tanto que los pobladores procedentes del norte de la Península, principalmente asturianos y gallegos, se convirtieron en el contingente más numeroso. Por ejemplo, en 1860 y 1861, los canarios constituyeron entre el 15 y el 20% de los inmigrantes españoles - cerca del 40% menos que en décadas anteriores-, los catalanes el 10%, y los gallegos, asturianos, montañeses y vasco-navarros, alrededor del 35%.

Durante la Guerra de los Diez Años, la inmigración hispana continuó su aumento, pero no se conoce exactamente cuántos se convirtieron en residentes permanentes. Hubo en el período una promoción oficial que intentó crear colonias agrícolas pobladas por militares en Oriente pero tuvieron poco impacto por la falta de fondos.
 
Cuando fueron suprimidas en España las leyes que trababan la libre emigración, este flujo humano tomó fuerza. Según estadísticas aportadas por Gutiérrez Roldán, entre 1882 y 1908 vino a Cuba el 48,19% de los emigrantes hispánicos. Solamente entre 1895 y 1896 Cuba recibió el 76% del total de los emigrantes hispánicos hacia América y esta tendencia continuó tras el fin de la dominación colonial en 1898   y la intervención militar norteamericana.


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